4 de noviembre de 2014

¡¡¡¡Fluffy!!!!



Para mí, Fluffy es una palabra con premio.

Para empezar, Fluffy es bonito. Es peluchesco y adorable.

Para los que no conozcan el término, que asumo que son los menos, fluffy es el diminutivo popular de la expresión inglesa "flyffy bunny", que se puede traducir por conejito mullidito o conejito peludito. Altamente abrazable.

He encontrado, por cierto, otra referencia al término. Se trata de un juego de comer en el que dos o más personas se meten en la boca "nubes" (marshmallows), ganando el que más dulces consiga tener. Absurdamente dulce y posiblemente divertido hasta decir basta. Así puede llegar a ser algo fluffy.

Fluffy es una palabra que habitualmente le es adjudicada a un "otro". Un tercero, un extraño, alguien que no forma parte del grupo. Así, es una preconcepción y también un insulto. Significa que la persona de quién se dice es un ignorante de su religión (pagana, habitualmente wicca), y que todo lo que considera al respecto es bien, luz, amor.... Dicho en otras palabras... "flores, mariposas, arcoiris, plastilina". (Respecto al considerable daño cerebral que la publicidad nos ha hecho, otro día tal vez).

Fluffy es, por extensión, la forma de definir todas las cosas que son místicamente monas. Por ejemplo las nieblas plateadas y las hadas brillantes y benévolas. Todos aquellos unicornios que conceden deseos sin sacrificios. Fluffy pueden ser las melodías que se alzan del corazón a la luna. Fluffy puede ser una danza silenciosa. Fluffy puede ser entonces todo lo que es tierno en nuestra practica, creencia y forma de vida.

Sea como se mire, es una palabra de lo más graciosa. Habitualmente quien más la usa para referirse a otros, más cerca de ser lo que critica se encuentra. Porque Fluffy no es sólo un ignorante, si no uno orgulloso que ya sabe todo lo que debe y desea.

¿Existe entonces el contra-fluffy? ¿El anti-fluffy? Alguien que se concentre en lo morboso de la religión. Que sólo cuente que los dioses son duros, exigentes, ávidos, orgullosos, furiosos... Alguien que considere que sabe más que nadie y que no necesita saber más. Alguien así sería el conejo los Monty Python del paganismo.

...y podría ser muy divertido....

Hay una opción más ante el término: aquel que se autodenomina fluffy. Es una forma de quitarle hierro a la palabra. Así la palabra que era una piedra se convierte en un escudo. Cuando uno dice de sí mismo que es fluffy, dice "me gustan las hadas brillantes, los arcoiris, la luz, los unicornios...." Cuando uno dice de si mismo que es fluffy dice "tengo mucho que aprender aún". Y eso está bien. Pero a veces, cuando uno dice de si mismo que es fluffy, es una excusa para no mirar otra vez. A veces, decirse fluffy implica pervertir al pobre conejito. Decirse fluffy a veces es sinónimo de desear parecer humilde.

Yo misma digo a veces que tengo mis cosas fluffys. Al contrario que muchos otros, yo no quiero negar con ello el sentimiento reverente. No deseo que se pierda el hecho de los latidos perdidos en ocasiones importantes. No quiero negar el dolor o el sacrificio. Por que todo eso forma parte de mi religión tanto como lo que es bonito y fácilmente aceptable.

Yo no concibo ya Fluffy como un insulto. Para mí es algo descriptivo. Fluffy es tierno y dulce. Fluffy es místico en la versión bonita de la palabra. Fluffy tiene purpurina, chispitas, estrellas, velas de colores. Fluffy es una inclinación de todos los corazones a la que es saludable que nos acerquemos de tanto en tanto y en ocasiones, a menudo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada