Durante mucho tiempo he estado intensamente involucrada en el proceso de "volver a lo básico y dar explicaciones". Es una tendencia casi connatural a todos los humanos (y por tanto, seres sociales) que están metidos en algún movimiento poco conocido o reconocido por la sociedad en la que viven. Por ejemplo, si sois o tenéis amigos veganos sabréis que los veganos están fritos de explicar por qué son veganos y en qué consiste el veganismo a todo pichichi viviente. A los paganos nos pasa lo mismo. Pero más.
Los paganos somos variados. Un puñado de paganos es como una bolsa de "Grajeas Bertie Botts de todos los sabores". Así que no sólo tendemos a explicarnos a los que no saben qué es el paganismo, si no a los demás paganos y finamente, a nosotros mismos. Si nos dejamos arrastrar, puede ser un proceso interminable que concatene explicación tras explicación y nos deje en lo más básico, en lo más entendible por los demás. Una forma de no tomar la espiral, si no volver al círculo y seguir dando vueltas en un tiovivo de palabras que ni siquiera son nuestras de todos modos.
Algunos de nosotros, hemos salido disparados del tiovivo. Por una razón o por otra, hemos querido frenar cuando el tiovivo aún rodaba, y hemos llegado al silencio y la evasiva. Por que llega un momento en el que explicarse es lo más difícil de todo. Aún con personas que sabes que es altamente probable que acepten y entiendan lo que puedes decir, porque son una grajea tan amarilla como tú... aunque siempre puede ser que ellos sean plátano y tú seas cera de oídos. Así que te callas. O dices que no haces nada, que sólo haces tus cosas y ya está. Por que en el fondo lo que ocurre es que estás cansado de volver a lo básico, de pisar el mismo terreno de nuevo de un modo que ya has hecho antes. Porque sabes que las palabras ya no tienen sentido.
Lo gracioso de esto, es que si hicieran una caja de grajeas sólo con gente que dice eso... seguirías siendo de todos los sabores.
Creo sinceramente que, en el fondo, y a poco que hayamos pasado algún tiempo caminando en la espiral, los paganos somos místicos. Todos nosotros. Por eso sonrío cuando alguien usa las palabras "vivencial" o "iniciático", o incluso "experiencial". Porque viene a decir "yo he vivido lo que he vivido y esa es mi realidad, que no te puedo traspasar a ti, y que no puedes esperar que te sea traspasada". Somos personas que amamos las palabras, pero que sabemos que se nos quedan cortas. Personas que sabemos que jamás podremos dejar de ocultar un sabor sorpresa y que sólo podemos dar una ligera pista con algún color, a veces.
26 de enero de 2014
9 de enero de 2014
Perrería
Declaración de intenciones respecto al post: Pretendo hacer una pequeña aclaración con respecto al post anterior. He recibido algunos comentarios en los que me decían que esta bien que demos importancia a una senda más material, pero que tampoco podemos atascarnos en lo material.
Bien, yo no quería decir que nos atascasemos en lo material. Si no que hay espiritualidad en cosas que no se suelen considerar espirituales. Podemos ver y trabajar espiritualidad haciendo cupcakes, o haciendo la comida cada día. Podemos ver y trabajar espiritualidad limpiando la casa o cuidando a nuestros mayores. Yo por lo que quiero abogar es por una forma de ver la vida más espiritual y por una forma más vital de ver lo espiritual. Lo que no quería defender y no defiendo es la perrería.
Me explico: soy una persona que se considera a sí misma algo indolente. O en otras palabras, me considero vaga. Eso no es algo bonito que reseñar de mi misma, pero es la verdad. Sin embargo, la vagancia no nos lleva nunca a ninguna parte. Es un estado no-constructivo, en el cual sólo le se puede quedar igual o decaer. Y a veces, decaer es la tendencia natural. Es necesario pasar por procesos de vagancia, de descanso. Es necesario que haya hibernaciones. Pero nuestros inviernos no pueden durar eones.
Cada actividad tiene su faceta sagrada, pero no se puede rehuir la acción porque haya algo de sagrado también en la inacción. Todo tiene su tiempo, y todo tiene que acabar. Y lo primero que debe acabar es la perrería, el ser acomodaticios. Si no nos levantamos de nuestros lugares cómodos, si no salimos de nuestras zonas de confort, jamás seremos buscadores, ni caminantes. Así que si partimos de la base de que somos buscadores, entonces no podemos no caminar.
La vagancia es una actitud generalizada en la sociedad actual. Nos gustan las cosas hechas, fáciles, masticadas... las que no nos cuestan esfuerzo. Nos gusta la ropa limpia, planchada y doblada en nuestro armario. Nos gusta la comida en la mesa y no tener que fregar platos. Pero por ingrata que sea, la tarea siempre enriquece. Aunque nos lleve toda la vida.
No hay excusa para no hacer. Sencillamente, cuando es necesario, tenemos que buscar una forma más óptima de hacer.
Bien, yo no quería decir que nos atascasemos en lo material. Si no que hay espiritualidad en cosas que no se suelen considerar espirituales. Podemos ver y trabajar espiritualidad haciendo cupcakes, o haciendo la comida cada día. Podemos ver y trabajar espiritualidad limpiando la casa o cuidando a nuestros mayores. Yo por lo que quiero abogar es por una forma de ver la vida más espiritual y por una forma más vital de ver lo espiritual. Lo que no quería defender y no defiendo es la perrería.
Me explico: soy una persona que se considera a sí misma algo indolente. O en otras palabras, me considero vaga. Eso no es algo bonito que reseñar de mi misma, pero es la verdad. Sin embargo, la vagancia no nos lleva nunca a ninguna parte. Es un estado no-constructivo, en el cual sólo le se puede quedar igual o decaer. Y a veces, decaer es la tendencia natural. Es necesario pasar por procesos de vagancia, de descanso. Es necesario que haya hibernaciones. Pero nuestros inviernos no pueden durar eones.
Cada actividad tiene su faceta sagrada, pero no se puede rehuir la acción porque haya algo de sagrado también en la inacción. Todo tiene su tiempo, y todo tiene que acabar. Y lo primero que debe acabar es la perrería, el ser acomodaticios. Si no nos levantamos de nuestros lugares cómodos, si no salimos de nuestras zonas de confort, jamás seremos buscadores, ni caminantes. Así que si partimos de la base de que somos buscadores, entonces no podemos no caminar.
La vagancia es una actitud generalizada en la sociedad actual. Nos gustan las cosas hechas, fáciles, masticadas... las que no nos cuestan esfuerzo. Nos gusta la ropa limpia, planchada y doblada en nuestro armario. Nos gusta la comida en la mesa y no tener que fregar platos. Pero por ingrata que sea, la tarea siempre enriquece. Aunque nos lleve toda la vida.
No hay excusa para no hacer. Sencillamente, cuando es necesario, tenemos que buscar una forma más óptima de hacer.
5 de enero de 2014
El fuego del hogar
Hace unos días el año oficial cambió. Como consecuencia directa de este cambio, las redes sociales se llenaron de "resúmenes del año". Mucha gente hizo un balance de sus logros anuales. Y yo me di cuenta de que este año... no he hecho nada.
Esto último es mentira. O más o menos mentira. Tengo un bebé. Estoy en paro, y cuido de la casa y de mi hijo. Y aunque esto parece que no es nada, creedme, ocupa la vida entera. Me quejo muchas veces de que no tengo tiempo para nada. Ni para escribir. Sin ir más lejos, para escribir cualquier entrada de este blog el proceso implica abrir la ventana de escritura a las ocho de la mañana, e ir escribiendo frase a frase entre una y otra exigencia de atención del niño y de las tareas de la casa. Y es la única manera factible.
Mi vida es así, básicamente. Lo cual está muy alejado de la idea del religioso que pasa su tiempo en estudio y meditación. Hablando con un muy buen amigo, me refirió un articulo colgado en la página de Silver Circle a este respecto. En él se habla del concepto usado originalmente por la autora Dolores Ashcroft, el camino del fuego del hogar, una reflexión extremadamente interesante que enmarcada en su contexto es de lo más recomendable. Tal y como lo utiliza la autora original, se trata de la parte de la vida mundana de toda persona que se dedica a una tarea sagrada. Cuando eres joven, parece ser más sencillo encontrar tiempo para una serie de actividades "sagradas", para meditar, para un estudio, para encuentros... cosas que con el tiempo dejan de ser tan relevantes en el día a día, y se ven sustituidas por cosas como el trabajo que te sustenta, el cuidado del hogar, la familia. Dolores lo llama "la tasa" a pagar por la vida mágica. Porque el día a día se nos antoja material y mundano y todo lo opuesto a lo que es espiritual. Y esto es un error.
Por un lado jamás me cansaré de repetir la palabra: equilibrio. Es una de mis palabras favoritas. Los extremos pueden ser interesantes, pero no son buenos. Si una vida es demasiado "espiritual" puedes perder el contacto con la realidad, y por tanto, el sentido de la vida misma. Vincular lo espiritual a actividades no ligadas a lo terreno y exclusivamente a estas actividades es un desequilibrio importante. Además, reniega de mi segunda palabra favorita: sencillez. Vincularse sólo a actividades "espirituales" es complicarse la vida.
Por otra parte, decidir que lo espiritual está reñido con lo terrenal es de una enorme estrechez de miras y, perdonad que lo diga, una herencia directa de la espiritualidad cristiana que mortifica el impuro cuerpo para acercarse a Dios. Los paganos no somos así. En general, los paganos somos hedonistas, terrenales, y debemos aprender a ver lo sagrado en cada cosa mundana, o corremos el riesgo de perder parte de la esencia de nuestros cultos. Lo espiritual está muy bien, pero está en más lugares de los que pensamos habitualmente.
El trabajo de adoración a mis antepasados y a mis dioses no es menor por no "tener tiempo". Al contrario, cuidar a mi hijo es para mi una tarea sagrada. Desde alimentarlo y jugar con él hasta cambiar un pañal repleto de... dejemoslo en "crema de calabaza". Y como esto, todas las actividades cotidianas. La cocina, el caminar por la calle, el ganarse el pan... todo es absolutamente sagrado. Cada uno de nosotros debe buscar su forma de honrar y adorar a sus Dioses, tal y como ambas partes mejor sepan y sientan.
Una vez, hace mucho, leí una leyenda hindú en la que una mujer preguntaba a un sabio cómo podía ella adorar a Shiva, si las tareas de adoración no le decían nada. El sabio le respondió que el mejor modo era haciendo aquello con lo que se sintiera realizada y ella dijo: cuidar de mi sobrino. Y el sabio le dijo: a través de tu sobrino, tú adoras al señor Shiva.
Bien, no soy hinduista, pero esta historia si resuena profundo en mí. La mejor forma de ser religiosos es a través de aquello que nos llena, que nos hace plenamente humanos. Y ello nos elevará si es eso lo que buscamos, o nos mantendrá donde debemos estar, si el objetivo es ese.
Esto último es mentira. O más o menos mentira. Tengo un bebé. Estoy en paro, y cuido de la casa y de mi hijo. Y aunque esto parece que no es nada, creedme, ocupa la vida entera. Me quejo muchas veces de que no tengo tiempo para nada. Ni para escribir. Sin ir más lejos, para escribir cualquier entrada de este blog el proceso implica abrir la ventana de escritura a las ocho de la mañana, e ir escribiendo frase a frase entre una y otra exigencia de atención del niño y de las tareas de la casa. Y es la única manera factible.
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| Madre e hijo en interior - Peter Ilsted (1898) |
Por un lado jamás me cansaré de repetir la palabra: equilibrio. Es una de mis palabras favoritas. Los extremos pueden ser interesantes, pero no son buenos. Si una vida es demasiado "espiritual" puedes perder el contacto con la realidad, y por tanto, el sentido de la vida misma. Vincular lo espiritual a actividades no ligadas a lo terreno y exclusivamente a estas actividades es un desequilibrio importante. Además, reniega de mi segunda palabra favorita: sencillez. Vincularse sólo a actividades "espirituales" es complicarse la vida.
Por otra parte, decidir que lo espiritual está reñido con lo terrenal es de una enorme estrechez de miras y, perdonad que lo diga, una herencia directa de la espiritualidad cristiana que mortifica el impuro cuerpo para acercarse a Dios. Los paganos no somos así. En general, los paganos somos hedonistas, terrenales, y debemos aprender a ver lo sagrado en cada cosa mundana, o corremos el riesgo de perder parte de la esencia de nuestros cultos. Lo espiritual está muy bien, pero está en más lugares de los que pensamos habitualmente.
El trabajo de adoración a mis antepasados y a mis dioses no es menor por no "tener tiempo". Al contrario, cuidar a mi hijo es para mi una tarea sagrada. Desde alimentarlo y jugar con él hasta cambiar un pañal repleto de... dejemoslo en "crema de calabaza". Y como esto, todas las actividades cotidianas. La cocina, el caminar por la calle, el ganarse el pan... todo es absolutamente sagrado. Cada uno de nosotros debe buscar su forma de honrar y adorar a sus Dioses, tal y como ambas partes mejor sepan y sientan.
Una vez, hace mucho, leí una leyenda hindú en la que una mujer preguntaba a un sabio cómo podía ella adorar a Shiva, si las tareas de adoración no le decían nada. El sabio le respondió que el mejor modo era haciendo aquello con lo que se sintiera realizada y ella dijo: cuidar de mi sobrino. Y el sabio le dijo: a través de tu sobrino, tú adoras al señor Shiva.
Bien, no soy hinduista, pero esta historia si resuena profundo en mí. La mejor forma de ser religiosos es a través de aquello que nos llena, que nos hace plenamente humanos. Y ello nos elevará si es eso lo que buscamos, o nos mantendrá donde debemos estar, si el objetivo es ese.
22 de diciembre de 2013
Amanecer
Es difícil que podamos pararnos a ver amanecer. Si es que estamos despiertos a la hora que amanece, lo cual no es tan improbable estos días, solemos estar demasiado atareados para pararnos ante el amanecer.
Por eso, el amanecer es un momento de magia que solemos ignorar.
Como casi todas las cosas en la vida, el amanecer llega poco a poco. Las estrellas palidecen y el cielo se llena de una luminosidad única, mucho antes de que el sol salga realmente. Esa hermosura puede llamarse anunciación, si se quiere. Es Aurora, es Zorya Utrenyaya, quien abre las puertas de la mañana para el sol. Las imágenes son muchas, pero el amanecer es único.
Lo que estamos viviendo, lo que estamos celebrando ahora, es este momento de amanecer.
La fiesta tiene muchas otras facetas, muchas lecciones, como las tiene la vida, el invierno, el frio, el fuego, el petirrojo y el gorrión, el acebo y el tronco. Pero, si somos sencillos, no debemos olvidar el amanecer.
19 de diciembre de 2013
Friki
La primera en el tiempo fue hace muchos años. Un pagano decía de otro que estaba empezando en una tradición distinta a la suya más o menos lo siguiente: "Ese no es pagano ni nada. Ese lo que es es un friki, y por eso le va ese rollo, que se parece a sus miniaturas y sus cosas".
La siguiente, más cercana en el tiempo me afecta directamente. Me comentaba una amiga que no veía factible presentarme en un cierto grupo porque otra persona en ese grupo había dicho muy claro que no quería saber nada de mi porque soy "una friki". Obviamente, mi respuesta a eso es... Sí, soy una friki. Y... ¿dónde está el problema?
Así que he decidido hacer una lista de características de un friki (de un buen friki) que deberían ser importantes para los paganos.
- Imaginación viva. Todo friki tiene que tener una gran imaginación y un porcentaje de pensamiento mágico. Si no, el frikismo pierde su gracia.
- Visualización creativa: Una mente rápida y capacidad para ver con la mente cosas que no puede ver con los ojos. Primordial para disfrutar una lectura de fantasía, un juego de rol... Y una gran ventaja para algunas actividades mágicas, meditación etc.
- Empatía: Todo friki ha vivido muchísimas vidas. Se ha puesto en la piel de muchas personas y puede anticipar la reacciones de personajes arquetipicos, porque ha sido ellos.
- Curiosidad: Nadie que carezca de curiosidad se hace friki. El friki es alguien inquieto por naturaleza, que no teme meterse de cabeza en el dungeon o en la cultura que sea.
- No temen leer, investigar y poner en practica: ¿Habeis ido alguna vez a una librería friki? Allí no encuentras solo "libros para frikis". También hay muchos libros interesantes que los frikis usan para dar realismo a sus cosas. Conozco frikis que se han hecho expertos en bushido, han aprendido ogham o runas y cosas similares para ambientar una partida de rol. No temen investigar y tomar para sí lo que les resulta útil. No se amedrentan frente a enormes tochos sobre cualquier tema.
- Atención al detalle: Un friki presta atención a los detalles. Un color, un pequeño símbolo, o cualquier otra cosa puede cambiar la naturaleza de un objeto en un juego (o en una colección de ediciones limitadas). Y por lo tanto el friki puede distinguir una flor de otra, un mito de otro... de una forma natural.
- Capacidad de entrar en mundos con otras normas: Cada vez que un friki se adentra en un mundo de fantasía acepta que las normas normales están en suspenso y que debe adoptar otras nuevas. Más aún cuando el mundo gira en torno a cosas como hombres lobo, hadas, espíritus... El friki va y viene de estos mundos sin más trauma.
- Tendencia al relativismo: Un friki esta acostumbrado a separar la vida cotidiana de la vida de cada uno de sus personajes. Lo que pasa en la mesa de juego queda en la mesa de juego. Lo que pasa en el círculo debería quedar en el círculo.
- Experiencia en sistemas mágicos: En teoría y práctica, un friki ha explorado una multitud de sistemas mágicos. Y lo ha hecho sin preconcepciones o prejuicios.
- Experiencia en práctica y teoría sobre el honor, el amor, el poder: El friki ha sido de todo. Sabe lo que es el poder, el liderazgo, el honor, la lealtad... Ha explorado sus múltiples caras. Y si es un poco cuidadoso, puede saber exportar la experiencia a la vida real.
¿Que quiero decir con todo esto? Nada. Y también todo.
Simplemente... No menosprecies a los frikis.
17 de diciembre de 2013
El derecho a cambiar de opinión
El camino es largo y muchas veces, retorcido. Y cuando miramos atrás, a veces, podemos ver cuánto hemos cambiado. Y al mismo tiempo, cómo seguimos siendo nosotros mismos.
Hace no demasiado leí en un grupo facebook unas palabras muy duras dirigidas a una persona que en su devenir, había cambiado de tradición. Los mensajes eran directamente insultantes, y en grupos en los que se supone que todos somos caminantes, llegan directamente a la linea de flote del sentido del paganismo de cada uno. Eso es triste, muy triste. Durante mucho tiempo he estado en grupos en los que personas de religiones muy distintas trabajan para llegar a posiciones de encuentro desde el respeto más absoluto. Es un ejercicio muy enriquecedor. Y ver que en eso fallamos entre tradiciones que están mucho más cerca de lo que a veces nos gusta reconocer es sorprendente.
Nos cuesta mucho a veces reconocer que el camino de cada uno es único. Saber que a veces, aunque vayamos hacia el norte, tenemos que caminar hacia el sur. Que bajamos para subir, y que la senda directa puede conllevar un desvío. O varios. Nos cuesta aceptar que tenemos derecho a cambiar de opinión y eso no nos hace menos auténticos. Que todos los caminos dan vueltas.
Los pasos que hemos andado nos marcan, y nunca se superan. Cada una de las experiencias forman parte de lo que somos. Intimamente, el camino nos construye a cada paso. Aunque cuando comenzamos a caminar ya fueramos enteros a pesar de ignorarlo. Porque el caminar es vivir, y vivir conscientemente.
Se dice de la gente que cambia de opinión que es infiel, traidor, desleal. Pero ese es el juicio más apresurado e injusto que el ajeno puede emitir. Un juicio basado en que cambiar de opinión no es un derecho. Que no puede haber revelación, maduración o evolución. Sin embargo, un cambio de opinión puede ser la única opción para el caminante. La fidelidad se resume entonces en coherencia, y por lo tanto, la primera fidelidad es para con el propio camino. Y el camino no se comparte. No en su totalidad. Si aquellos que están cerca de uno en un momento dado son fieles para consigo mismos, entonces la coherencia les resulta fidelidad. Sin revuelo en las revueltas y recodos las veredas se separan y se aúnan, y eso es suficiente.
Sin embargo cuando nos reclaman fidelidad, lo que nos piden es que atemos una cadena corta a una roca, y nunca nos preguntemos si el camino sigue más allá de la largura de la cadena. Nos piden que seamos ciegos espirituales, y que dejemos de buscar.
Y no digo que no haya quien esté realmente a gusto y sea completo en su camino que no deja nunca de estar bien cerca de una roca concreta. Pero en ese caso, es que la búsqueda le guía a la roca, no es la roca la que delimita la búsqueda. Y aunque la cadena y lo ya hollado pueda parecer seguro y hermoso, tenemos que seguir preguntándonos si es coherente y leal para nosotros. A veces, encadenarnos por una idea perversa de la lealtad, del aprendizaje o del camino es sólo el paso previo a la tortura del alma. A veces, deberíamos preguntarnos antes de cerrar las cadenas, o de dejar de luchar por liberarnos, cuánto tardará el águila en venir a devorarnos.
Es bueno que los caminos se internen en lo salvaje, aunque parezca arriesgado. Porque es allí donde más tenemos que aprender. Y no aprender puede ser la opción dolorosa.
Hace no demasiado leí en un grupo facebook unas palabras muy duras dirigidas a una persona que en su devenir, había cambiado de tradición. Los mensajes eran directamente insultantes, y en grupos en los que se supone que todos somos caminantes, llegan directamente a la linea de flote del sentido del paganismo de cada uno. Eso es triste, muy triste. Durante mucho tiempo he estado en grupos en los que personas de religiones muy distintas trabajan para llegar a posiciones de encuentro desde el respeto más absoluto. Es un ejercicio muy enriquecedor. Y ver que en eso fallamos entre tradiciones que están mucho más cerca de lo que a veces nos gusta reconocer es sorprendente.
Nos cuesta mucho a veces reconocer que el camino de cada uno es único. Saber que a veces, aunque vayamos hacia el norte, tenemos que caminar hacia el sur. Que bajamos para subir, y que la senda directa puede conllevar un desvío. O varios. Nos cuesta aceptar que tenemos derecho a cambiar de opinión y eso no nos hace menos auténticos. Que todos los caminos dan vueltas.
Los pasos que hemos andado nos marcan, y nunca se superan. Cada una de las experiencias forman parte de lo que somos. Intimamente, el camino nos construye a cada paso. Aunque cuando comenzamos a caminar ya fueramos enteros a pesar de ignorarlo. Porque el caminar es vivir, y vivir conscientemente.
Se dice de la gente que cambia de opinión que es infiel, traidor, desleal. Pero ese es el juicio más apresurado e injusto que el ajeno puede emitir. Un juicio basado en que cambiar de opinión no es un derecho. Que no puede haber revelación, maduración o evolución. Sin embargo, un cambio de opinión puede ser la única opción para el caminante. La fidelidad se resume entonces en coherencia, y por lo tanto, la primera fidelidad es para con el propio camino. Y el camino no se comparte. No en su totalidad. Si aquellos que están cerca de uno en un momento dado son fieles para consigo mismos, entonces la coherencia les resulta fidelidad. Sin revuelo en las revueltas y recodos las veredas se separan y se aúnan, y eso es suficiente.
Sin embargo cuando nos reclaman fidelidad, lo que nos piden es que atemos una cadena corta a una roca, y nunca nos preguntemos si el camino sigue más allá de la largura de la cadena. Nos piden que seamos ciegos espirituales, y que dejemos de buscar.
Y no digo que no haya quien esté realmente a gusto y sea completo en su camino que no deja nunca de estar bien cerca de una roca concreta. Pero en ese caso, es que la búsqueda le guía a la roca, no es la roca la que delimita la búsqueda. Y aunque la cadena y lo ya hollado pueda parecer seguro y hermoso, tenemos que seguir preguntándonos si es coherente y leal para nosotros. A veces, encadenarnos por una idea perversa de la lealtad, del aprendizaje o del camino es sólo el paso previo a la tortura del alma. A veces, deberíamos preguntarnos antes de cerrar las cadenas, o de dejar de luchar por liberarnos, cuánto tardará el águila en venir a devorarnos.
Es bueno que los caminos se internen en lo salvaje, aunque parezca arriesgado. Porque es allí donde más tenemos que aprender. Y no aprender puede ser la opción dolorosa.
13 de diciembre de 2013
Aprendiendo brujería
Estoy viendo la película "La bruja novata" (Bedknobs and broomsticks). Supongo que todo el mundo la ha visto al menos una vez en la vida, porque es una producción Disney de los años 70, con todos los ingredientes que se le suponen a este tipo de producciones: mezcla de animación e imagen real, números musicales y cortinillas psicodélicas. Y por que la pasan por televisión con relativa frecuencia.
Por si acaso alguien no la ha visto, el argumento es el que sigue: "La señora Eglantine Price trabaja para un museo que está acogiendo a niños y niñas para protegerlos de los bombardeos de 1940. Es por ello que se trasladarán a su casa tres hermanos huérfanos. Lo que ellos no imaginan es que la señora Price es, en realidad, una bruja. . Cuando la academia de magia a la que asistió Price debe cerrar debido a la guerra, la bruja y los hermanos Rawlins, junto al director de la academ ia, el señor Emilius Browne, deciden utilizar la magia para finalizar con la contienda. Desde Portobello roadhasta la isla ficticia de Naboombu, el grupo vivirá todo tipo de aventuras, incluido un partido de fútbol cuyos jugadores son dibujos animados. Todo ello para derrotar a los nazis y traer consigo la paz."
Bien, la protagonista femenina (adulta) de la cinta es una mujer que está aprendiendo brujería comodamente en casa con un curso por correspondencia. Con cada lección le vienen algunos conjuros y otros elementos clásicos de toda bruja, como el higado de dragón envenenado o la escoba. Mis dudas si al gato negro también se lo mandaron o lo consiguió ella por su cuenta.
¿Os imagináis que aprender brujería y paganismo fuese así de sencillo? Yo sería seguro esta mujer:
Lamentablemente, nada en esta vida es tan sencillo. La brujería, el paganismo, son procesos mucho más que algo que podamos memorizar. No pueden ser enseñados en lecciones por correspondencia. Para empezar, nunca se termina de aprender. Así que el curso sería eterno.
| "Mi primera escoba de bruja". Regalo de fin de curso para celebrar el título de aprendiz de bruja |
Lamentablemente, nada en esta vida es tan sencillo. La brujería, el paganismo, son procesos mucho más que algo que podamos memorizar. No pueden ser enseñados en lecciones por correspondencia. Para empezar, nunca se termina de aprender. Así que el curso sería eterno.
En muchas tradiciones brujeriles, como en muchas tradiciones Wicca, existe un entrenamiento. En algunas hay lecciones que aprender y se rinden exámenes incluso. Pero se trata de una forma de exigir algo básico que es imposible de conseguir en un "cursillo por correspondencia": compromiso. Y en todas ellas se destaca siempre que estos caminos son vivenciales. No se aprenden tanto como se aprehenden. Y al final el objetivo del entrenamiento es que uno sea completo, independiente y capaz.
Lo verdaderamente triste es que en realidad mucha gente espera ese cursillo por correspondencia. Ese gurú que le de la lección y un título después... Y forma parte del aprendizaje el saber que eso jamás ocurrirá realmente. O, si ocurre, que no será genuino.
Así que, a los brujos novatos o no tan novatos: olvidemonos de lo fácil, y trabajemos duramente. Habrá que despedirse de "mecerse así, moverme yo, en el fondo misterioso del mar feliz".
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